SANAR NUESTRAS HERIDAS

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7Cuando éramos niños, bastaba solamente un momento en los brazos de nuestros padres para superar una rodilla raspada o una copa de jugo derramada. La sensación de intimidad proveía un consuelo tangible para nuestra angustia. Nos sentíamos seguros  y protegidos, conscientes de que nuestro doloroso problema nos molestaba, pero que la presencia amorosa de nuestra madre o de nuestro padre era más grande que cualquier problema en que nos encontráramos.

A medida que crecemos, aprendemos a manejar por nosotros mismos nuestras dolorosas perdidas a hacernos fuertes y aceptarlas. Pero a menudo estas heridas nunca sanan. Persisten solo para doler aun más agudamente.

Aun necesitamos el abrazo de nuestro Padre cuando tropezamos y caemos. Ya se trate de un día que nada sale bien o de una importante pérdida de vida, debemos recordar que alguien es más grande que incluso el más grande de los obstáculos que podamos enfrentar. Aunque nos sintamos quebrantados y machacados, Dios nos consuela con su cuidado.

VERSICULO PARA MEMORIZAR: El Señor esta cerca de los quebrantados de corazón y salva a los de espíritu abatido. –Salmos 34:18.-

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